Una hija del montón

Hace ya un tiempo, bastante tiempo, un compañero me enseñó las fotografías ganadoras en el World Press Photo de 2017. Muchas de ellas me impresionaron, pero una de ella me dejo boquiabierto como padre. Se trata del segundo premio de la categoría de vida diaria. Es la imagen titulada “Sweat makes champions” que muestra a cuatro niñas, estudiantes de gimnasia haciendo sus 30 minutos de entrenamiento de dedo. No soy muy amigo de juzgar como tienen que educar los padres a sus hijas y evidentemente no vivo en Oriente, pero no pude evitar pensar en la cara de pena de una de ellas y cómo es posible que hacer de su infancia una competición.

Y esto me llevo, una vez más a repetir algo que pienso con bastante frecuencia: Quiero que mi hija sea del montón.

Cada vez conozco más casos de niños que no están bien en el colegio, por ser, tan solo, un pelin distintos. A veces por cuestiones físicas, a veces de carácter, a veces de intereses y gustos, a veces por su situación económica. Me asusta.

Oigo a veces a los padres en el parque y en el patio del colegio animar a sus hijas a competir  y a superar a sus compañeras. Veo como las adolescentes sienten la presión de ser las más populares. Veo a las mujeres trabajando muy duro para demostrar que pueden ser,  además de mujeres, madres y profesionales cualificadas, desde la humildad y la responsabilidad. Sin esperar que nadie les regale nada por ser mujeres ni que nadie les haga de menos por lo mismo.

Quiero que mi hija sea sobre todo feliz (menuda novedad, el deseo de todos los padres). Quiero que disfrute en el colegio, sin destacar y sin sufrir acoso. Que pueda estudiar lo que le guste. Que encuentre un trabajo de responsabilidad media, que le permita ser creativa y conciliar, que le permita pagar la hipoteca sin hipotecar su tiempo para tener un sueldo mejor. No quiero que sea famosa, porque ya lo es entre los que la conocen. En fin, que parece que no pido nada pero estoy pidiendo todo.

Tenemos la suerte de vivir en un momento en el que las inteligencias múltiples están demostrando que todos tenemos grandes dones, en el que los colegios abanderan un cambio para lograr la atención a la diversidad y la personalización de aprendizaje para hacer que todos los niños sean especiales en aquello que les hace grandes. Ya no hay que ser el mejor, porque todos somos los mejores en algo aunque ese algo no esté socialmente reconocido. Hace unos días escuchaba a un conocido ponente de decía que lo que hoy hace frikis a nuestros hijos puede ser su profesión en un futuro no muy lejano. Todos son especiales.

No quiero ser malinterpretado. El éxito no tiene porque estar reñido con la felicidad. Nada más lejos de la realidad. Pero creo que a veces el éxito ligado al dinero, al reconocimiento, al tener y no al ser, si está reñido con la felicidad que proporciona el día de día de la familia.

Creo que los padres tenemos mucho trabajo por hacer para no transmitir a nuestros hijos que el mundo solo es de los mejores, de los populares y de los ricos. La sociedad es exigente, pero ser del montón no es ser un fracasado. Por eso, lo tengo claro: yo quiero que mi hija sea del montón, pero sobre todo, como todos los padres, quiero que sea feliz.

¿Y vosotros?

Firmado: Papá reflexivo

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2 comentarios en “Una hija del montón

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